En la fiesta de la Transfiguración, el Evangelio nos lleva al monte Tabor, donde Jesús deja ver por un momento la gloria que suele permanecer escondida (Mt 17, 1‑9). En pleno verano, esa escena nos ayuda a mirar de otra manera el paisaje que nos rodea: mar, bosque, cielo, luz… no sólo como decoración de nuestras vacaciones, sino como huellas discretas de la presencia de Dios, y como anuncio de la transformación a la que estamos llamados.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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