El Señor en la cruz, en el dolor sintió el abandono de Dios, y gritó: Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado (cf. Sal 22). Él, siempre unido al Padre, experimentó la soledad y el abandono de Dios. Jesús, el Verbo, que existía junto a Dios (cf. Jn 1), y es Dios como el Padre, en su humanidad, sintió el rechazo de Dios, en el momento de mayor angustia y sufrimiento. Cuando él daba su vida por todos, experimentó que Dios le dejaba solo. Jesús, siempre hizo la voluntad del Padre, pero en el momento de la entrega máxima y hasta el extremo (cf. Jn 13), se sintió solo ante él.
Autor: Belén Sotos
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