Un programa de televisión exige una producción tan cara que nunca se deja a la casualidad. En la parrilla todo tiene su intención, su por qué y su para qué, refrendado con el informe de audiencias que los directivos reciben cada mañana en sus despachos. Cuanto más sube la curva, más dinero y más poder.
Insisto: nada se deja al azar, desde la contratación de un presentador al vestuario de los participantes en un concurso, de la decoración de un escenario al colorido de un anuncio. Y qué no decir de los guiones. Cada segundo está medido, cronometrado, escrito, previsto, ensayado, retocado, vuelto a grabar… porque con los millones no se juega, ni con la oportunidad de asomarse a la intimidad de millones de hogares. Quienes manejan el negocio saben que una familia entregada al televisor deja de ser libre, para quedar atrapada en sus manos.
Antes de continuar, me veo…
Autor: Miguel Aranguren

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