Cuánto estupor ha causado la coronación ignominiosa del aborto como derecho constitucional. Pronto hemos olvidado que nada se puede esperar de un Estado y unas leyes que no respetan ni el descanso de unos muertos, tan sagrados o más que los vivos, pues están ya en manos directas de Dios.
No es amor -decía Shakespeare– el amor que se altera con las alteraciones. En cierto modo hacía alusión a los bandazos pendulares del alma humana, que tiene (no lo olvidemos) entre otros oficios el de la política. De los bandazos del alma saben mucho los mediocres, en ellos se imponen siempre las pasiones sobre toda ley moral; y la democracia, con todo su republicanismo sentimental, es sin duda un régimen hecho por y para las pasiones. No solo eso: la democracia de patíbulo es territorio de bandos ¿De dónde iba a salir, si no, tanta ley deshonrosa y contraria al bien natural de los pueblos?…
Autor: Eduardo Gómez

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