Yo llegué a mi familia con un destino razonablemente claro: iba para princesa. No una de cuento medieval —que ya bastante tenían—, sino una princesa moderna, educada, con fe ordenada, sentido del deber y una confianza casi conmovedora en que la vida, si una se porta bien, se mantiene la coherencia narrativa. Todo parecía previsto, contemplado, casi como si alguien hubiera redactado un guion con instrucciones de uso: “Llegará, será encantadora, confiable, elegante… y todo irá según lo planeado”. El rol estaba tan preparado que bastaba con abrir la puerta y empezar a vivirlo.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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