Supongo que mis compañeros sacerdotes podrían ratificar mis impresiones. Y es que, en confesión, ahora, parece que lo único que importa es la calidad de las relaciones humanas. Penitentes que, como materia, apenas aportan que si tienen un carácter mejorable, alguna falta de genio, que si la paciencia. Todo lo demás -TODO LO DEMÁS- como si hubiese desaparecido.
En la conciencia de pecado, salvo en personas muy bien formadas, el sexto mandamiento, ese que decían que agobiaba y angustiaba tanto, directamente no existe. Incluso en el caso de personas, digamos «de Iglesia». Será cosa social, será cosa de esta nueva cultura que nos impregna, pero difícilmente la gente se acusa de temas de impureza. Aquí seguimos comulgando sin mayor dificultad. Por comodidad, desconocimiento, pero así seguimos. ¿Ah, pero es que eso es pecado? Huy, yo no sabía que no podía comulgar.
Autor: Jorge González Guadalix
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