Frente al amor, que tiene una visión ensimismada y microscópica del prójimo y necesita conocerlo hasta en sus detalles más menudos (amar es conocer), el odio prescinde siempre de los matices, se conforma con simplificaciones sumarias (odiar es ignorar). La capacidad simplificadora del odio la descubrimos, por ejemplo, en los términos despectivos o denigrantes que emplea el racismo: a los emigrantes españoles que llegaban a América los llamaban ‘gallegos’, aunque fuesen vascos o andaluces; a los emigrantes de América que llegan ahora a España los llaman ‘panchitos’, aunque sean cholos o mulatos (e incluso aunque sean tan ‘blancos’ como cualquier señor de Cuenca o Albacete). El odio siempre necesita meter a las víctimas señaladas con su vómito en la misma bolsa, necesita incluirlas en categorías ‘esencialistas’ que ignoren sus existencias concretas.
Autor: Juan Manuel de Prada
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