El hábito hace algo más que al monje: su simple presencia confirma en la fe, convierte e incomoda. Quizás por eso sea tan perseguido, tan odiado, tan vituperado. Le tocó la misma suerte que al Salvador.
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Redacción (10/06/2026 09:23, Gaudium Press) Narra el libro del Éxodo que Dios reveló cómo debían vestirse aquellos que habían sido consagrados al servicio del altar: «He aquí las vestiduras que deberán hacer: un pectoral, un efod, un manto, una túnica bordada, un turbante y un cinturón» (Ex 28, 4).
Esta ley, especifica Yahveh por labios de Moisés, debe ser observada «bajo pena de incurrir en una falta mortal» (Ex 28, 43).
La Santa Iglesia, heredera de la Antigua Alianza, conservó y sublimó esta costumbre de revestir a aquellos hijos suyos que, por la ordenación o la profesión religiosa, se convertían en sagrados.
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