Hay una máxima pastoral que cualquiera que haya frecuentado parroquias con un mínimo de regularidad puede constatar sin necesidad de estudios sociológicos: allí donde el sacramento de la confesión se ofrece de verdad, la gente acude. Donde hay confesionarios abiertos, luz encendida, horarios claros y disponibilidad real, aparecen filas. Donde no, la confesión desaparece de la vida ordinaria del fiel. No por rechazo explícito, sino por simple evaporación pastoral.
Esta constatación conduce inevitablemente a una cuestión de fondo que rara vez se formula con claridad: si la Iglesia no existe para la salvación de las almas, ¿para qué existe entonces? ¿Puede separarse la adoración de Dios de la redención del hombre? ¿Se hace Cristo presente en los sacramentos por una razón distinta de la de perdonar, sanar y salvar? La pérdida de la conciencia del pecado y de la gracia…
Autor: Miguel Escrivá
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