Hay realidades espirituales que no fallan nunca en su profundidad, pero sí en nuestra capacidad de recibirlas. Pentecostés es una de ellas. No porque sea un misterio inaccesible o excesivamente complicado, sino porque muchas veces lo reducimos a una idea bonita, a un recuerdo litúrgico o a una fecha señalada, sin darnos cuenta de que lo esencial no es lo que ocurrió entonces, sino lo que sigue pudiendo ocurrir ahora en la vida de cada persona. Y quizá el problema no es la falta de fe, sino la falta de movimiento interior, como si la gracia pudiera quedarse quieta dentro de nosotros sin transformar nada de lo que somos o vivimos.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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