Las preguntas que merecen la pena son aquellas que no tienen fácil respuesta. Mis hijos han cogido la costumbre de hacerme preguntas teológicas en misa, donde, a la complejidad intelectual, se suma la circunstancial. No es lugar para quaestiones quodlibetales. Yo, como un fideísta, tengo que decir: «¡Chist!» y poner las manitas en forma de oración, para que callen y recen.
El domingo pasado Enrique (11) preguntó en mitad de una homilía que versaba sobre algo del medio ambiente que por qué Dios quería más a los hombres que a los ángeles, siendo estos más buenos, más bellos y más perfectos. Gran pregunta, sí, pero «¡chist!».
La respuesta fácil -para después- era tirar del comodín del infinito. Si el amor de Dios no conoce límites, lo mismo ama al arcángel que al pillastre de la esquina. Matemáticamente, es así, claro; pero esa respuesta era salirme por la tangente, porque en la…
Autor: Enrique García-Máiquez

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