La Iglesia tiene derecho a hablar de política. Más aún: tiene el deber de hacerlo cuando están en juego los fundamentos morales de la vida social. Pero ese derecho no se agota en el comentario coyuntural ni se realiza plenamente cuando el discurso eclesial se limita a acompañar —o corregir levemente— el debate político tal como lo formulan los actores del sistema. En ese punto, la palabra de la Iglesia corre el riesgo de perder densidad, fuerza profética y capacidad de orientación real de las conciencias.
Las recientes intervenciones de responsables de la Conferencia Episcopal han vuelto a situar a la Iglesia en el foco del debate público. No es ese el problema. El verdadero interrogante es otro: ¿qué tipo de palabra está ofreciendo hoy el episcopado a una sociedad profundamente desorientada? ¿Una palabra doctrinal, estructural y formativa, o un comentario más…
Autor: INFOVATICANA
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