Una buena cosmética es, ante todo, un arte del respeto: no desfigura ni pintarrajea; no convierte un rostro en una caricatura de sí mismo ni lo fuerza a parecer lo que no es. La buena cosmética conserva la fisonomía anterior, la reconoce, la cuida, la preserva, la mima, en continuidad, sin engaño, sin negar hoy lo que hubo ayer.
Las grandes casas cosméticas lo saben bien: una firma seria que hace de su nombre una garantía no busca anular el rostro, sino acompañarlo y respetarlo; no promete una nueva faz, sino una cara fiel a sí misma, ennoblecida por el paso del tiempo; no quiere imponer una cara distinta, sino lograr que la misma persona siga siendo reconocible y atractiva. Si la cosmética olvida este principio, si se obsesiona con la novedad o con el impacto inmediato, el resultado es grotesco: brillo artificial, decapado agresivo, volumen innecesario, expresión congelada,…
Autor: INFOVATICANA
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