Hay misiones que no se explican en un decreto ni se miden en plazos pastorales. Se entienden solo cuando uno las ve con sus propios ojos. No me lo han contado: lo he visto. Y cuando eso ocurre, el laico —tan dado a veces al escepticismo práctico— no puede sino rendirse ante una evidencia incómoda para los prejuicios: un buen sacerdote puede cambiarlo todo.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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