Nuestra época parece haber establecido como dogma inatacable que la literatura digna de tal nombre debe excluir la inquietud religiosa. Toda obra literaria que ose desafiar este mandato se considerará de inmediato desfasada y ridícula. Hubo un tiempo en que los escritores se mostraron preferentemente agnósticos, confesándose incapaces de adentrarse en los vericuetos espirituales que conducen al encuentro con Dios; pero desde hace algunas décadas está posición parece descartada definitivamente. Al escritor de nuestro tiempo ya no le basta con reconocer su incertidumbre; se ha vuelto más militante y proclama desafiante y jubiloso que Dios no existe; o que, si existió en otro tiempo, ha muerto, sin posibilidad de resurrección. Y, puesto que Dios no existe, no tiene sentido que la literatura le dedique la más mínima atención, salvo si lo hace al estilo borgiano (es decir,…
Autor: Juan Manuel de Prada

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