La diplomacia de la Santa Sede ha sido, durante siglos, una de las más finas y conscientes del mundo. No por afán de poder, sino por una convicción profundamente arraigada: cada gesto del Papa tiene un peso que trasciende lo pastoral y se proyecta inevitablemente sobre el tablero político. Por esa razón, Roma ha sabido históricamente esperar, aplazar, renunciar o desviar viajes cuando el contexto amenazaba con contaminar la misión espiritual del Pontífice. No fueron pocas las ocasiones en que se desaconsejaron visitas a países en plena crisis institucional o en vísperas electorales, precisamente para evitar que la presencia papal fuera utilizada como una fotografía legitimadora o como un bálsamo para gobiernos acorralados.
En este medio hemos sido críticos con Francisco, pero el pontificado anterior fue particularmente consciente de este riesgo. Se evitaron…
Autor: Redacción
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