¡Oh, Israel! ¡Qué dolor hiere el costado de la Historia al contemplar tu desvío, amada viña del Señor! No es el juicio de un juez lo que resuena, sino el llanto de un Padre que ve a su primogénito mendigar el oropel de los hombres cuando ya era heredero de la Eternidad. Eras la elegida para ser «luz de las naciones» (Isaías 49:6), y sin embargo, suspiraste por las cadenas de una corona de barro pagano.
Autor: Francisco Segarra
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