Roma, orgullosa de sus legiones, sus fronteras y sus dioses públicos, nunca imaginó que la amenaza más profunda surgiría no de los bárbaros, sino de un pequeño grupo de hombres y mujeres que se negaban a sacrificar un puñado de incienso. La correspondencia entre Plinio el Joven y Trajano lo revela con claridad: el Estado romano no comprendía a los cristianos, pero le inquietaba su obstinación. Ese rechazo a renunciar a Cristo —no por terquedad política, sino por convicción espiritual— era algo que ni la jurisprudencia ni la tradición pagana podían digerir.
Roma toleraba casi cualquier culto… salvo aquel que exigía exclusividad. El cristianismo no era solo una religión exótica: era un desmentido vivo del politeísmo imperial. Y lo que comienza como sospecha jurídica pronto se convierte en acusación moral: incesto, canibalismo, obscenidad. El viejo recurso de…
Autor: INFOVATICANA
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