Hay un momento —no sé cuándo ocurre, pero ocurre— en el que entiendes que nadie va a decidir por ti. Que ya no hay excusas limpias. Que no puedes seguir diciendo “no sabía”, “no podía”, “no era el momento”. Ese día la libertad deja de parecer un privilegio y empieza a parecer un espejo. Y no siempre gusta lo que devuelve. Perdonen que abuse de su confianza, pero este artículo tiene nombre propio. No lo diré, porque aunque es de mis mejores amigas, me juego la decapitación. Pero va para ella, por valiente.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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