De niño, me enamoré del otoño. Aunque disfrutaba mucho del verano, siempre anhelaba verlo consumido por las llamas otoñales. Me encantaba el paso intermitente del calor al frío, el ir abrigándome con capas de ropa, el ocaso de los días, la emoción de los paseos en carreta y los laberintos de maíz, el rastrillado de hojas, el olor a pulpa de calabaza, a materia vegetal en descomposición, a cosas listas para ser quemadas. Como estación de transición, el otoño es más profundo que la primavera por su melancolía. Me llegaba al alma.
Autor: Justin Lee
Articulo Juan Manuel de Prada ‘Un Poco de Paciencia’
Terminábamos nuestro artículo anterior con una observación muy atinada de Concepción Arenal, que nos alertaba sobre los males más pavorosos, que no son los que «las leyes condenan y la…
Los beneficios de la oración
“Más que nada, la oración te permite echar un vistazo a tu interior y alinearlo con el corazón de Dios. La oración no es un monólogo en el cual nos…
El mundo necesita discípulos católicos contraculturales
¿Qué hay de ti y de mí? ¿Has muerto al pecado? ¿Vives para Dios? ¿Persigues la santidad? ¿Estás rezando íntimamente todos los días? ¿Proclamas el Evangelio? Estas son algunas de…



















