De niño, me enamoré del otoño. Aunque disfrutaba mucho del verano, siempre anhelaba verlo consumido por las llamas otoñales. Me encantaba el paso intermitente del calor al frío, el ir abrigándome con capas de ropa, el ocaso de los días, la emoción de los paseos en carreta y los laberintos de maíz, el rastrillado de hojas, el olor a pulpa de calabaza, a materia vegetal en descomposición, a cosas listas para ser quemadas. Como estación de transición, el otoño es más profundo que la primavera por su melancolía. Me llegaba al alma.
Autor: Justin Lee
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