Confieso una envidia sana, de esa que no nace del rencor sino del asombro. Una envidia que estos días me provoca el pueblo chileno tras la victoria de José Antonio Kast. No tanto por el resultado político —que puede gustar o no— sino por algo mucho más elemental y, paradójicamente, más escaso en nuestras democracias occidentales: la naturalidad con la que un líder público puede decir que cree en Dios sin pedir perdón por ello.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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La Santísima Virgen María es la persona más importante de toda la creación, y es hora de que reconozcamos su amor. Las apariciones de la Virgen de Medjugorje han sido atacadas durante muchos años por aquellos que se niegan a creer en Ella…seguir leyendo
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