La defensa de lo sagrado exige firmeza. Pero también exige humildad. Y quizá esta segunda virtud sea hoy la más difícil de custodiar, precisamente cuando todos pretenden defender una causa indudablemente justa. Porque la defensa de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos —templo consagrado, lugar de culto, espacio reservado a Dios y a la oración de la Iglesia— no puede convertirse jamás en ocasión para el resentimiento, la descalificación personal o la división entre católicos. Tampoco entre católicos y los que desconocen la densidad y el valor de lo sagrado.
Autor: Mercedes Montoro Zulueta
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