Hay casas que solo usamos en verano. Se ventilan al llegar, se limpian, se revisan llaves y ventanas, se ordenan habitaciones, se prepara la mesa, se arreglan pequeños desperfectos. Queremos que, mientras dure el descanso, ese espacio sea habitable: que no huela a cerrado, que no haya polvo, que nada importante esté roto. Y, sin embargo, hay una casa que llevamos siempre con nosotros —a la playa, a la montaña, al pueblo, al viaje— y que muchas veces está menos cuidada: la casa interior, el corazón.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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