Por Elizabeth A. Mitchell
Apurados, con la vista fija en nuestros teléfonos móviles, nos hemos convertido en una sociedad que ya no sabe mirar. Preferimos los mensajes de texto al contacto visual, la realidad virtual a la realidad tangible.
Nos hemos vuelto inmunes a nuestro entorno, insensibles a la belleza que tenemos delante. Pero esta incapacidad de ver nos empobrece tanto individual como colectivamente.
Cruzando el London Bridge, por ejemplo, T.S. Eliot observó —canalizando a Dante— “No pensé que la muerte hubiera deshecho a tantos” (The Wasteland), describiendo a almas espiritualmente muertas.
La obra de arte no está muerta, la música sagrada no está muerta, la arquitectura no está muerta. ¡Somos nosotros los muertos!
Cuando ardió la catedral de Notre Dame de París, el mundo lloró la pérdida de un ser vivo y palpitante. Nuestra pena colectiva nos…
Autor: The Catholic Thing
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