El Domingo de Ramos abrimos la Semana Santa con una aparente contradicción: aclamamos a Jesús como Rey al entrar en Jerusalén y, pocos días después, lo veremos traicionado, humillado y clavado en la cruz (cf. Mt 21,1‑11; Mt 26–27). En esa entrada humilde, sobre un borrico, ya se revela su estilo: no viene a imponerse con fuerza, sino a entregarse por amor, llevando hasta el extremo la obediencia al Padre y la misericordia hacia nosotros (cf. Flp 2,6‑11).
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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