En el cristianismo antiguo y la Edad Media, se llamaba giróvagos a los monjes que vagaban de monasterio en monasterio sin aceptar la disciplina ni las reglas de una orden específica. En lenguaje vulgar diríamos que un giróvago es un culo de mal asiento. Hoy también puede aplicarse a religiosos o sacerdotes a los que es imposible sujetar a mandamiento. Yo creo que me entienden.
Una de las cosas que más admiro en un sacerdote es la sujeción a su parroquia, o al ministerio encomendado, que eche sus buenas horas a la salvación de las almas y trabaje ahí donde la ha puesto el obispo. Es lo general, pero siempre hay excepciones. Son todos esos que se pasan el día de la parroquia al encuentro, de la asamblea a la experiencia, de curso de A al conocimiento de B. Ahora quiero jugar a ser misionero, luego peregrino, posteriormente resulta que he descubierto ese grupo, esa comunidad…
Autor: Jorge González Guadalix
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