El dogma del purgatorio[1]
La existencia del purgatorio fue declarada verdad dogmática de fe en el II Concilio ecuménico de Lyón, en 1274, al que tenía que existir Santo Tomás, pero murió extrañamente mente cuando se dirigía al mismo. En la profesión de fe, que fue propuesta por el Concilio a los ortodoxos, se decía sobre los difuntos: «Y si verdaderamente arrepentidos murieren en caridad antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por sus comisiones y omisiones, sus almas son purificadas después de la muerte con penas purgatorias o purificadoras. Y para alivio de esas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, a saber, los sacrificios de las misas, las oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que, según las instituciones de la Iglesia, unos fieles acostumbran a hacer en favor de otros»[2].
Autor: Eudaldo Forment
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