A la iniciativa de San Odilón (s. X-XI), abad de Cluny, se debe la conmemoración de todos los fieles difuntos el día 2 de noviembre. Esta práctica fue introducida primeramente en Cluny y adoptada después en la Iglesia universal. En tiempos más cercanos, en concreto el 10 de agosto de 1915, el papa Benedicto XV promulgó una constitución apostólica en la que autorizaba a todo sacerdote a celebrar tres misas el 2 de noviembre. Pesaba sobre el ánimo del pontífice el drama de la I Guerra Mundial, cuando vemos casi ante nuestros ojos a tantos hombres, en la flor de la vida, morir prematuramente en la batalla.
Esta celebración religiosa, así como la visita a los cementerios, nos lleva a pensar no solo en los muertos, a quienes queremos acompañar con nuestra intercesión y recuerdo, sino en la misma realidad de la muerte, que es una sombra que se proyecta sobre cada uno…
Autor: Guillermo Juan Morado
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