Hablar hoy del Concilio Vaticano II continúa siendo un ejercicio de riesgo. No por falta de datos, sino por exceso de emociones acumuladas. Para unos, sigue siendo el gran Pentecostés del siglo XX; para otros, el origen de una confusión que todavía pagamos. Entre ambos polos se sitúa una multitud silenciosa de fieles que ama a la Iglesia, que ha obedecido, que ha sufrido, y que hoy pide algo muy concreto: claridad, continuidad y comunión.
Autor: Jesús María Silva Castignani
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