Creo que el estudio de la historia en los colegios cada vez versa más sobre economía, sociología y otras materias abstractas por el estilo. Es una pena, porque, con el tiempo, lo único que se sigue recordando es lo concreto. De niño, una de las cosas que más me gustaban del estudio de la historia eran los sobrenombres de reyes, papas, guerreros o teólogos, que hacían volar mi imaginación.
Había algunos gloriosos (D. Jaime el Conquistador, Alfonso el Batallador, el Cid Campeador, Gregorio Magno o el caballero sin miedo y sin tacha) y otros enigmáticos (Pedro el Ceremonioso, Carlos II el Hechizado o Pipino el Breve). También los había patéticos (Boabdil el Desdichado, Manuel el Desafortunado y el caballero de la triste figura), temibles (Pedro I el Cruel) y envidiables (Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, Guzmán el Bueno o Eduardo el Confesor).
Autor: Bruno Moreno
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