Hay una enfermedad espiritual que puede afectar al sacerdote sin que llegue a advertirla. No siempre nace de la vanidad, sino de una deformación pastoral aparentemente generosa. El sacerdote comienza a sentirse obligado a sostenerlo todo. Debe ser cercano, comprensible y acogedor; medir cada palabra, evitar silencios incómodos y procurar que nadie se sienta demasiado interpelado. Estas preocupaciones pueden ser legítimas. Pero, cuando la necesidad de agradar pierde su medida, el centro se desplaza. El sacerdote puede acabar más pendiente de los rostros que del altar, más atento a la aceptación que a la adoración y más preocupado por no incomodar que por introducir a las almas en el sacrificio de Cristo. El problema no es que sea visible. Por su ordenación actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia. El problema comienza cuando esa visibilidad deja de ser…
Autor: Javier Navascués
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