Nos hemos acostumbrado a un Jesucristo extraído de cualquier duro y exigente libro piadoso, uno de esos muchos que dejan a la Gracia un papel secundario, cuando no irrelevante, y lo fían TODO a la voluntad de poder luchar… solitos. El resultado es una especie de Jesús estoico, imperturbable, que camina hacia el patíbulo con la mirada serena de quien se sabe el guión de memoria. Nos consuela su divinidad, pero muy a menudo nos escandaliza su carne. Olvidamos que, para salvarnos, Dios no se disfrazó de hombre: se hizo hombre. Con todas las consecuencias biológicas, cognitivas y psíquicas que eso conlleva. Negarlo es herejía, arriana y pelagiana, y no ha sido superada aún, en buena medida por el lamentable influjo «ecuménico» del protestantismo anglo germánico. Para estos teólogos, la segunda persona de la Trinidad solo se encarnó un poquito.
Autor: Francisco Segarra
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