El problema no es ser vigilado por satélites lejanos, sino que el hombre se ha convertido en un voluntario de su propia prisión, entregando su intimidad a cambio de ‘likes’.
Foto: macrovector en Freepik
Redacción (16/03/2026 08:23, Gaudium Press) Existe una ironía deliciosa en la historia de los grandes inventos que el “hombre del clic” raramente conoce.
Alexander Graham Bell, el aclamado padre del teléfono, se negaba terminantemente a tener un aparato de esos en su oficina. Para él, el insistente timbre de su propia creación era una intrusión intolerable que asfixiaba el pensamiento e interrumpía el flujo de la inteligencia. Bell comprendía, ya en 1876, que ser el dueño de la herramienta es una cosa; ser esclavo de su llamada es otra, muy diferente.
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