Con el advenimiento del verano el balón se erigió en el centro del universo. Se paralizó en seco el planeta para contemplar en éxtasis a las estrellas fugaces del bautizado como deporte rey. Deidades de oropel exhibidas en la pasarela de un firmamento galáctico falaz, diseñado a imagen y semejanza de la FIFA y vendido al mundo, a precio de oro, como holograma global.
Los astros del balón eclipsaron por momentos todo lo demás, incluso al mismo Dios. La angustia vital de un planeta, que se desangra en guerras y crisis intestinas, desapareció por hipnosis colectiva e higiene mental.
Se llenaron las plazas de devotos feligreses que incensaban a sus ídolos. La liturgia del balompié congregó a millones de hombres y mujeres con un mismo atuendo unisex. Los templos profanos de plástico y cemento acogieron a turbas sedientas de goles, hechizadas bajo el sortilegio del…
Autor: Javier Navascués
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