Hay páginas de la historia que nunca terminan de cerrarse, no porque el pasado regrese, sino porque lo que allí ocurrió sigue interpelando al presente con una fuerza que ni el tiempo ni la comodidad logran adormecer. Entre 1934 y 1939, alrededor de diez mil católicos —sacerdotes, religiosos y laicos— murieron por un motivo tan simple como radical: creer en Dios era incompatible con la lógica del odio ideológico que entonces se había vuelto norma. No murieron por intervenir en combates ni por alzar banderas políticas: murieron porque, en un contexto donde la fe se consideraba una amenaza, permanecieron siendo ellos mismos.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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