Jesús entra un sábado en la sinagoga y se pone a enseñar. Allí hay un hombre con la mano derecha paralizada. San Lucas subraya el detalle: no habla de una dolencia abstracta ni de un personaje anónimo perdido entre la multitud. Habla de una mano. Una mano que quizá había sostenido a su familia, trabajado la tierra, cargado herramientas, escrito, acariciado, pedido ayuda. Una mano que ya no puede cumplir aquello para lo que fue hecha.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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