Los juicios duros sobre los demás están intrínsicamente relacionados con la falta de confesión del que juzga. Ahí queda eso.
Cuanto más duras (y frecuentes) son las palabras que salen de mi boca significa que menos veces me arrodillo en un confesionario para declararme pecador necesitado de Misericordia.
Si señalo, juzgo y condeno alegremente, lo hago porque considero -aun sin ser consciente- que estoy por encima de todos aquellos a los que enjuicio y, por supuesto, no me considero necesitado de misericordia y perdón. Yo soy bueno, los demás malos. Yo soy listo, los demás tontos.
Y me voy transformando en una máquina de juzgar y criticar y acabo -misteriosamente para mí- muy solo.
Y me convierto en un verdadero experto en decirle a los demás lo que deben hacer con su vida sin que me hayan pedido consejo, al igual que en un gran solucionador de cualquier problema sin…
Autor: Gonzalo de Alvear
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