La historia de Gabriela Cortés muestra que los efectos devastadores del divorcio y la separación sobre la familia trasciende generaciones. Pero también que la última palabra la tiene la fe. Especialmente ahora, su mensaje es un grito al mundo de que, si se quiere, es posible vivir en gracia de Dios aún en «situación irregular», ya que la Iglesia ha ofrecido siempre cauces para alcanzarla.
Nacida en un pequeño pueblo costero de México como la quinta de seis hermanos de una familia numerosa católica, cuenta al programa Cambio de Agujas que entre sus primeros recuerdos de la infancia está su madre reuniendo a los hermanos para rezar el rosario o ir a misa, ya fuese en domingo o entre semana.
Gabriela recibió el bautismo y la primera comunión pero pospuso indefinidamente la confirmación al llegar la adolescencia.
«Hubo un cambio en mi familia. Mis padres se separaron…
Autor: ReL
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