En pleno mes de agosto, cuando la vida parece aflojar el ritmo y las agendas se llenan más de paseos que de reuniones, la liturgia nos presenta a un joven que se acerca a Jesús con una pregunta decisiva: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?” (Mt 19,16‑22). No es una curiosidad superficial, es la pregunta de alguien que intuye que la fe no se reduce a cumplir, que sospecha que hay algo más. Pero al final, la escena termina con una frase que duele: “Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico”. Estaba ante el mejor Compañero posible, y sin embargo se alejó.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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