El Evangelio nunca pretendió ser un código secreto que requiera descifrar alineaciones astrales ni buscar casualidades con ínfulas de misterio. Su gran desafío es, precisamente, su brutal, incómoda y escandalosa obviedad. Nos pasamos la vida esperando una señal rimbombante del cielo porque lo obvio —perdonar de corazón, cuidar al frágil, sostener al que tenemos al lado y arrimar el hombro sin aplausos— nos exige una entrega real y un desgaste cotidiano que da muchísima pereza. Es infinitamente más estimulante intelectualmente jugar a los detectives de lo sagrado que fregar los platos, aguantar un mal día de un familiar o perdonar una ofensa rancia sin que nadie nos extienda un certificado de pureza.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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