Ante el imparable crecimiento urbano de las últimas décadas, que podría partir de los años ’50 del siglo pasado, crece la conciencia de que las ciudades no son el mejor lugar para vivir para aquellos que aprecian las pequeñas cosas como la buena vecindad, la lentitud, la quietud, la virtud y la paz. Estamos hablando de una vida comunitaria esencial para quienes valoran el sentido de pertenencia, de arraigo y la vida social sencilla y cercana. Esta vida contrasta con el egoísmo y el interés personal de mucha de la vida urbana excesivamente densa. La ciencia social denomina a esta vida comunitaria y cohesiva, más allá de la gran ciudad, capital social comunitario. Sus elementos son, en lenguaje sociológico, las redes de apoyo presenciales, la confianza y la reciprocidad que favorecen la vida de los habitantes en comunidades integradas en torno a unos bienes compartidos. La…
Autor: Familia, Educación y Cultura

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