La sensibilidad no es debilidad en un católico; es la manera en que la verdad del Evangelio se encarna y toca nuestra humanidad.
Ayer vimos al Santo Padre visiblemente conmovido durante la Consagración en la Misa de la Asunción celebrada en Castel Gandolfo. Aquella imagen evocó inevitablemente el recuerdo de su rostro asomado a la ventana del Palacio Apostólico hace exactamente cien días, el 8 de mayo. Gestos así —que algunos podrían reducir a simples muestras de emoción— son, en realidad, la expresión de una convicción profunda.
Para la Iglesia, la compasión no es sentimentalismo ni concesión a modas; es justicia con el ser humano concreto. Las lágrimas al aceptar la elección no son espectáculo; son confesión pública de que el peso de guiar a la Iglesia sólo…
Autor: INFOVATICANA
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