Casualmente he estado leyendo durante las últimas semanas, las Cartas de otro inquisidor, del dominico Francisco Alvarado (1756-1814). Nacido en Marchena (Sevilla) y muerto en la capital hispalense (cuando acababa de ser nombrado consejero de la Santa Inquisición, tras ser restaurada por Fernando VII), fue un azote dialéctico de los invasores franceses y de aquellos liberales -«ciegos y sordos al sentir y querer del pueblo que decían representar» según Menéndez Pelayo-, que aprovecharon el vacío de poder ocasionado para revolucionar la historia política de España con la Constitución de Cádiz de 1812. Estos le quisieron descalificar como filósofo rancio, pero él se sentía muy orgulloso de ese título como timbre de gloria. Su quijotesco combate dialéctico contra los liberales/masones (Agustín Arguelles), los jansenistas españoles (Ireneo Nistactes) y los volterianos…
Autor: INFOVATICANA
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