Cada vez que tengo conocimiento de un abuso sexual cometido contra un niño o una niña siento que algo en mi interior se resquebraja. Pienso en cómo alguien ha dañado lo más sagrado de una persona indefensa, ha quebrado su dignidad y ha puesto en grave riesgo el desarrollo de una personalidad aún incipiente.
Pero cuando ese abuso es cometido por una persona consagrada —un religioso, un sacerdote, un pastor de almas— esa sensación va mucho más allá: hace tambalear mis propias estructuras, mis convicciones más profundas como creyente.
Pienso, ante todo, en el alma de ese niño o de esa niña que quizá se acercaba a Dios buscando amor, consuelo o sentido, y que en su lugar se encontró con el rostro del mal. En lugar del amor de Dios, el espíritu del diablo. Pienso también en sus padres y me pongo en su lugar: ¿qué sentiría yo si algo así le ocurriera a uno de mis…
Autor: INFOVATICANA
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