Existe una blasfemia silenciosa, un pecado gravísimo que jamás se confiesa a los sacerdotes pero que gobierna las vidas de tres cuartas partes de los cristianos de nuestro tiempo: «Quiero la santidad, Señor, pero líbrame de ser el pecador al que has venido a salvar». He aquí la gran impostura de nuestra época, la secreta tragedia de las almas respetables. Codiciamos la corona de los santos, pero nos horroriza la llaga que la justificó. Nos estremece la aureola dorada en las vidrieras de las catedrales, pero ocultamos con un celo satánico las cicatrices de nuestra propia miseria, olvidando que Dios no esculpe sus obras maestras sobre el mármol limpio, sino sobre el barro más inmundo.
Autor: Francisco Segarra
Existencia de DIOS: 16 Pruebas irrefutables (e innegables)
Recopilación de 16 pruebas empíricas y científicas de la existencia de Dios. ¿Existe Dios? ó ¿Todo ha sido creado por casualidad? La existencia de un Creador es una cuestión que…
La cultura es el camino de la Nueva Evangelización
El objetivo del Papa San Juan Pablo II de involucrar a la cultura en la Nueva Evangelización fue la construcción de una civilización del amor como fuente de libertad y…
La Nueva Era, una secta de cuidado
El reiki y la Nueva Era (New Age) se han extendido cada vez más por la sociedad buscando el bienestar físico y mental que producen. Conoce todos los detalles y…


















