Existe una blasfemia silenciosa, un pecado gravísimo que jamás se confiesa a los sacerdotes pero que gobierna las vidas de tres cuartas partes de los cristianos de nuestro tiempo: «Quiero la santidad, Señor, pero líbrame de ser el pecador al que has venido a salvar». He aquí la gran impostura de nuestra época, la secreta tragedia de las almas respetables. Codiciamos la corona de los santos, pero nos horroriza la llaga que la justificó. Nos estremece la aureola dorada en las vidrieras de las catedrales, pero ocultamos con un celo satánico las cicatrices de nuestra propia miseria, olvidando que Dios no esculpe sus obras maestras sobre el mármol limpio, sino sobre el barro más inmundo.
Autor: Francisco Segarra
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