En una fría mañana de diciembre de 1934, Simone Weil fichó en una fábrica de París, dispuesta a trabajar junto a los obreros cuyas vidas trataba de comprender. El incesante ruido de las máquinas, el escozor de las virutas de metal en la piel, el ritmo del agotamiento que le oprimía el pecho: no se trataba de un gesto simbólico. Weil, frágil y propensa a las migrañas, sufría físicamente bajo el brutal ritmo de la fábrica. Sus supervisores la consideraban extraña y poco práctica.
Autor: Stefani Ruper
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