Nunca es cómodo hablar de la muerte, tampoco escribir acerca de ella. Sabernos abocados a un final irremediable, destructivo y definitivo que desconocemos cuándo acontecerá nos provoca una desbocada inquietud, entre otras cosas porque tenemos interiorizada –estampillada en la información de nuestro ADN– una presunción de eternidad, el barrunto de que no nacimos para vivir un rato más o menos largo y sanseacabó. Si diésemos por hecho aquello de “A vivir, que son tres días”, ¿para qué realizar un solo esfuerzo por la dicha de los otros, si la marea de la muerte borra nuestras huellas, el bien, el mal y el saco sin fondo de nuestras omisiones? Tenemos comprobado que nada nos sacia, que no hay sueño ni quimera que nos realice de una vez, pues aspiramos a más, siempre a más, un más que trasciende el tiempo y el espacio, vectores que no terminamos de entender porque…
Autor: Miguel Aranguren
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