Si el tiempo de Septuagésima enseñaba a entrar —a cambiar de clima interior—, el domingo de Sexagésima da un paso más: nos coloca ante el drama real de la escucha. Ya no se trata solo de prepararse para la Cuaresma, sino de preguntarse con seriedad si la Palabra de Dios encuentra en nosotros tierra habitable.
La liturgia romana, fiel a su pedagogía lenta y sabia, avanza sin prisas. Nada se precipita. El Aleluya sigue ausente. El Gloria continúa en silencio. El color morado no amenaza: advierte. La Iglesia no recrimina; interroga.
El Evangelio nos trae una parábola decisiva. El centro del domingo de Sexagésima es la parábola del sembrador. No hay aquí moralismo ni psicología superficial. El texto no se detiene en el sembrador que siembra con largueza, a voleo, sino en los terrenos. La pregunta es: ¿qué tipo de tierra soy yo? La Palabra de Dios nos pone ante cuatro…
Autor: INFOVATICANA
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