Hay tiempos litúrgicos que preparan, afinando el oído. El de Septuagésima pertenece a esa pedagogía de la Iglesia que sabe que el alma humana no pasa de la calle al santuario sin tomar despaciosa y silenciosamente el agua bendita, odiada por el enemigo y por el temor a los contagios. Durante siglos, la Iglesia supo que la Cuaresma —ese gran desierto bautismal— no podía comenzar bruscamente. Antes había que despertar la conciencia, desacelerar el corazón, apagar poco a poco las luces de la fiesta. Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima no eran semanas “de nadie”, sino un atrio: un espacio intermedio donde el alma aprende que va a empezar algo serio. Por eso, no es nostalgia lo que lleva hoy a muchos, sobre todo jóvenes, a redescubrir este tiempo: es hambre de sentido, deseo de coherencia, prevención de pasar demasiado aprisa por los misterios, como si temiera el…
Autor: INFOVATICANA
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